Crianza: límites y castigos

Llevo tiempo queriendo escribir sobre este tema. Desde el momento en el que eres madre o padre, todo tu mundo cambia de forma muy intensa, y eso a veces nos lleva a sufrir, pero también a crecer y descubrir otras facetas de nosotras y nosotros mismos.

A mí me llevó a leer mucho sobre crianza y a plantearme muchas cosas sobre cómo fue nuestra educación, e incluso nuestra forma de criar como sociedad, y cómo ha ido cambiando a lo largo de la historia. De ahí nace esta reflexión. Siento que aún tenemos mucho que aprender y que desaprender. Por ejemplo, ¿en qué momento normalizamos el castigar o amenazar? A nadie le gusta usar este método, pero lo veo con demasiada frecuencia. ¿Si esto nos lo hiciera nuestra pareja lo etiquetaríamos como tóxico? Imagínate: “si no recoges la mesa ahora mismo, no vas a ver la tele”.

Como madres y padres, a veces estamos agotados, nos molesta que nuestros hijos no hagan correctamente las cosas y necesitamos poner límites. Pero a menudo nos faltan herramientas y se confunden los límites con la agresividad. Es fácil encontrarse con frases del tipo: “no se lo podemos permitir”, “¿le vamos a dejar que haga lo que le dé la gana?”, para justificar ese comportamiento. Otro tema que complica las cosas son las tensiones que se crean cuando madre y padre chocan en la forma de ver la educación.

Aunque queramos hacerlo todo de forma consciente y tranquila, hay que aceptar que somos humanos y que a veces nos enfadamos y gritamos, o mostramos ese malestar y disgusto. Esto es normal. Pero lo que realmente enseña es que nuestros hijos e hijas vean cómo tenemos formas de calmarnos, reparar, expresarnos sin ser ofensivos y buscar soluciones o acuerdos. Los niños y niñas son muy capaces de pensar y razonar, pero esto se da desde la calma y el cuidado.

Cuando los niños/as se sienten bien, se portan mejor. Quieren ayudar y que sus progenitores les valoren, diciéndoles lo que hacen bien o lo orgullosos que están de ellos. Reforzar y reconocer lo positivo, o los avances, es una recompensa natural que hace que el niño o la niña quiera repetir esa conducta. Otra herramienta positiva muy útil, sobre todo en el caso de los niños más pequeños, es hacer las tareas como un juego. Estos recursos a menudo requieren más paciencia y control emocional, pero funcionan. La motivación es importante, porque sin ella es fácil que los niños eviten hacer algo que supone un esfuerzo, no por molestarnos, sino porque no les apetece o no son capaces de ver que les conviene o les ayudará a sentirse mejor a largo plazo.

Existe la idea, en algunas personas, de que para aprender tiene que haber consecuencias, refiriéndose a veces al castigo, que si no, los niños y niñas no reflexionan ni hacen caso. En realidad, lo que el castigo suele generar es rencor y puede dañar el vínculo con sus progenitores. Según las teorías del apego, el uso del castigo puede dañar el vínculo con el progenitor, especialmente cuando es frecuente, impredecible, humillante o se aplica desde la amenaza, el miedo o la retirada afectiva.

Por otro lado esto no quiere decir que dejemos que los niños hagan lo que quieran o que no se pueda decir decir que no. La teoría del apego no defiende la permisividad, sino límites claros, acompañados de conexión y con reparación tras el conflicto. Los niños y niñas son capaces de aprender sin castigo y, cuando entienden que han hecho algo incorrecto o que han dañado a alguien, ya se sienten mal y quieren cambiarlo, porque si les importas, les importa tu bienestar. En cambio, si se sienten atacados, a menudo se ponen a la defensiva y su cuerpo entra en modo supervivencia (lucha, huida o bloqueo). Además cuándo anticipan un posible ataque a menudo les cuesta regular sus emociones y pueden reaccionar de forma desproporcionada.

Otro error común que escucho es pensar que consecuencias, castigos y límites vienen a ser lo mismo. Claramente, hay matices muy importantes que diferencian estos términos. El castigo es una consecuencia dolorosa para que algo no se vuelva a repetir y no tiene por qué tener ninguna relación con lo sucedido. En cambio, un límite es una acción o decisión tomada por parte del adulto, amable y firme, en la que impedimos que un niño se haga daño a sí mismo o a nosotros/as. Puede haber consecuencias, pero siempre tienen relación con lo ocurrido y la intención no es infligir dolor, sino proteger y/o protegernos. Por ejemplo, si un niño está tratando mal algo tuyo, retirárselo: “no quiero que juegues así porque se va a romper. Si sigues haciéndolo, lo voy a guardar”.

Desde un amor increíblemente inmenso, quieres hacerlo lo mejor posible y te encuentras con tus debilidades, pero al mismo tiempo la maternidad y/o paternidad es una oportunidad de crecimiento. Si crees que la terapia te puede ayudar a vivir una maternidad o paternidad más consciente, no dudes en iniciar ese proceso de análisis y cambio.

¿Sientes que nada funciona o que no puedes cambiar? Busca ayuda profesional.

Si quieres encontrar herramientas para la crianza en positivo, te recomiendo este libro, donde podrás conocer y poner en práctica alternativas al castigo y a los gritos.

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About María Quintanilla García

Soy psicóloga y el motivo de este blog es compartir mis conocimientos sobre psicología y psico-oncología. Me gustaría poder ayudarte a superar momentos difíciles en la vida, a comprenderte mejor y acompañarte en tu propio proceso de desarrollo y crecimiento personal.
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